Por Edmundo Font
I
Era el 20 de noviembre de 1975, con festejos de la revolución mexicana, y en esa ocasión tuvimos una doble razón para celebrar una esperada desaparición: la del sátrapa Francisco Franco —agréguense, al gusto, adjetivos calificativos que pueden ir desde traidor a su juramento militar, a deliberado asesino, pasando por su conocida cobardía, y su proceder cruel como infame represor—. El hombre del fetiche del brazo de Santa Teresa, a lado de l pluma con que firmaba condenas a muerte durante el desayuno, acababa de expirar, en la agonía de un régimen también entre estertores, bajo el deshumanizante tratamiento de una familia que preservaba hasta las mieses el minado organismo del dictador, por miedo a la reacción popular. Es fama de que su yerno tomó las infames fotografías del dictador en plena agonía. Estética propia y carroñera de la ultraderecha.
A la sazón, yo trabajaba en mi primer encomienda diplomática, como agregado cultural de nuestra embajada, en otro país represor, el de los coroneles golpistas de El Salvador, quienes afines a las tiranías en boga, la de Pinochet y otras centroamericanas, como la de Somoza, decretaron luto nacional ante la muerte del tirano, y ordenaron se izaran banderas de oficinas de gobierno y representaciones extranjeras, a media asta.
Mi maestro en las lides del servicio exterior de carrera, mi embajador entonces, era un personaje de primer rango en nuestra disciplina, heredero de una tradición diplomática ejemplar, hijo de diplomático también, y nieto del gran poeta y ministro plenipotenciario en Madrid, don Francisco de Icaza, emparentado con la nobleza española, y autor de los célebres versos que aún se leen a la entrada de la Alhambra: “Dadle limosna, mujer/ que no hay en la vida nada/ como la pena de ser/ ciego en Granada”.
Al saber del fallecimiento de Franco, a través de un radio de onda corta, me dirigí a la residencia oficial, a participar la nueva. El embajador reflexionó, y terminó concordando en que regresara a las oficinas para colocar nuestra enseña patria a toda asta. Hay que recordar que nosotros manteníamos relaciones diplomáticas con el gobierno español en el exilio —simbólicamente radicado en México— y que nunca reconocimos al golpismo que llegó al poder con el apoyo de Hitler y Mussolini (el socarrón descaso de Francia y Gran Bretaña) y luego, el disimulo hipócrita de los norteamericanos.
Esa misma noche reuní amigos intelectuales salvadoreños, algunos de ellos más tarde serían víctimas de los escuadrones de la muerte del mandante del asesinato de monseñor Romero, hoy en santidad. Me refiero al tenebroso mayor dÁbuisson, a quien dio justo alcance una muerte atroz (cancer en la lengua), mientras era vicepresidente, en el gabinete de Cristiani. Ese mismo político extremista que encubrió y disfrazó el exterminio del rector, maestros y sacerdotes jesuitas de la universidad católica (donde sustenté un seminario de Literatura).
Mientras nosotros brindábamos y escuchábamos “Ay Carmela”, y canciones de Paco Ibáñez, muchos españoles, en sordina, y con las persianas y las ventanas cerradas, hacían lo mismo, al otro lado del océano Atlántico, desafiando la feroz represión. La desaparición de la figura más infausta de la época, daría paso a una libertad de conciencia secuestrada por los militares y una iglesia católica ultraconservadora que tutelaba a la población bajo un machismo extremo y una moral antidiluviana. Basta echar un ojo al llamado “destape” y la “movida madrileña”, para trazar un panorama de oxigenación de la vida pública, con ansias democráticas.

II
A mi, la implicación con ese malhadado tramo de la historia contemporánea que fue la guerra civil española, me toca de cerca. Mi padre había tenido que refugiarse en México por sus inclinaciones anarquistas. Aún conservo sus carnet de la CGT y de la FAI, y sobre todo un salvo conducto de ribetes novelescos. El documento que él obtuvo para trasladarse a nuestro país, firmado por el cónsul de México entonces, me hubiera tocado extendérselo yo mismo, medio siglo más tarde, en que llegué a fungir como cónsul general en Barcelona. Aquí si cabe hablar de las vueltas que da la vida. Así que mi primer viaje al exterior lo hice a España, a los 20 años, en lugar de mi padre, quien se resistió a volver a Cataluña, diciendo que solo lo haría a la muerte de Franco. Y como tantos otros republicanos, falleció antes.
Con mi primera esposa, Coral, trazamos una X en el mapa de la península española y un círculo que completamos durante seis meses de trajinar “La Pell de Brau” —piel de toro en español— del diseño de dos países, Portugal, con Salazar aún vivo, y el Generalísimo bajo palio traidor en las comarcas españolas. En ese viaje, políticamente iniciático, a través de una realidad de post guerra, como una cicatriz que supura, llegamos a estar cerca de la histórica “Pasionaria”; perseguir por diversos escenarios a Antonio Gades, y a asistir a “Bodas de Sangre”, con Nuria Espert. Entre otras aventuras que nos acercaron a Rafael Alberti (entonces no podía imaginar que años después me invitarían a celebrar sus 90 y 92 cumpleaños, en el Puerto de Santa María).
En esa excursión de 1973, corrimos el riesgo de ser presos y expulsados. En mi mochila llevaba libros prohibidos por la censura, proponiendo lecturas con estudiantes o a quien se dejara inmiscuir en mi propósito subversivo. Se trataba de poemas de León Felipe, Neruda, Garcia Lorca, Hernández, y del propio Alberti. Una tarde, en un poblado de Galicia, mientras esperábamos el enésimo “aventón” (casi todo ese viaje fue “a dedo”) vimos aproximarse en pleno bosque y sobre un puente, a una comitiva de tres vehículos idénticos, resguardados por motocicletas de guardias civiles. Al llegar al siguiente poblado nos dijeron que era el típico convoy distractor de los viajes de Franco, quien en uno de los tres autos se dirigía a pescar en su yate anclado en el Ferrol. No pude dejar de pensar en el personaje de un relato de Max Aub, en que un mesero mexicano viaja a España con el propósito de acabar con la frustración de sus clientes republicanos, a quienes se les gastaba la punta del dedo en la mesa, afirmando que ese año caía Franco…




