Correspondencias fotográficas entre Cuba y México
Por Raciel Rivas
Hasta el momento no he tenido el honor de encontrarme con ella físicamente, no obstante, la cercanía la siento tan grande como el respeto que le tengo, luego de varias correspondencias fotográficas entre ella y uno, entre Cuba y México. En el pico de la pandemia logramos inaugurar de manera virtual la exposición fotográfica “Ya no hay pueblos aislados”, para la entonces pionera plataforma digital de la Secretaría de Cultura de México; una especie de manifestación rebelde contra el a-isla-miento obligatorio derivado de la pandemia, e inspirado en el discurso del Che Guevara proferido en la ONU en el revolucionario 1964.

Desde entonces el diálogo ha sido intermitente, pero prolífico, pausado, pero provechoso. Iniciamos el 2026 con nuevas revelaciones de su quehacer fotográfico, y sin el afán de spoilear, adelanto que se viene una nueva posibilidad de volver materia esa virtualidad que nos persigue, sin parar, a toda la post-pandémica humanidad. Ojalá así sea. Mientras eso llega a suceder, bienvenidas y bienvenidos nuevamente a un diálogo más dentro del código binario.
RR: Lisbet ¿Cómo llegaste a la fotografía?
LG: Mi primera foto fija la realicé en la Academia San Alejandro, donde estudié Escultura y Dibujo. Allí teníamos una asignatura de fotografía y casi sin darme cuenta, empecé a retratar a mis compañeros y a los rincones silenciosos de la escuela. Nos prestaban una cámara para experimentar, y fue tomarla entre mis manos y sentir una fascinación inmediata, como si se abriera una puerta nueva.
Aquel momento marcó también mi encuentro con la fotografía analógica. Me deslumbró la manera en que lo cotidiano podía volverse poético a través del encuadre; cómo un gesto, una sombra o un fragmento de luz podían convertirse en una historia. La fotografía apareció como una mirada detenida, un pequeño hechizo capaz de conceder eternidad, de guardar aquello que no quieres que se escape con el tiempo. Con los años, esa curiosidad inicial se convirtió en certeza. Ingresé en la Facultad de Cine, Radio y Televisión, y sin haberlo imaginado nunca, terminé convirtiéndome en la primera mujer graduada en la especialidad de Dirección de Fotografía.

RR: ¿Qué intentas capturar con tu lente para mostrar al mundo?
LB: Busco reflejar el mundo interior de la mujer, como se enfrenta a sentimientos de soledad, necesidad, ansiedad, aspiraciones, sueños. Mi objetivo es proyectar el mundo psicológico de la mujer cubana. Las cosas que están cerca de ti, son las cosas que tú puedes fotografiar mejor, porque existe una intimidad establecida que te lleva a lo profundo. Y me atrevo a decir que hasta que uno no fotografía lo que ama, no puede hacer buen arte. Mi imágenes las hago desde el día a día, desde la rutina, lo habitual, casi siempre sin dejar la casa. Mis modelos son todas las mujeres de mi familia, las personas que amo y que me apoyan para poder hacer mi trabajo. Me gusta trabajar con elementos que puedan crear una metáfora poética de la imagen, no literal.
RR: ¿Quiénes han sido tus principales influencias dentro del mundo de la fotografía o del arte?
LB: Mis raíces artísticas se formaron en un terreno amplio: estudié Pintura y Escultura, y más tarde Cine. Por eso mi obra se alimenta de múltiples lenguajes, como referente fotográfico me inspira la obra de la fotógrafaestadounidense Sally Mann, conocida por realizar fotos a sus hijos, su familia en entornos íntimos. Podría decir que el cine también es sin duda, una gran influencia, sobre todo el surrealismo y la poética del cine cubano. También la música ha dejado una huella en mi forma de mirar. La obra de Silvio Rodríguez, con su poesía y su delicadeza, me acompaña desde siempre. Son influencias que no siempre aparecen de manera literal, pero que habitan en mi forma de encuadrar, de buscar lo invisible, de entender que una imagen puede trascender lo que muestra y convertirse en un puente hacia lo que sentimos.
RR: ¿Cómo describirías la escena de la fotografía actual en Cuba? ¿Cuáles son sus aportaciones más significativas y retos?
LB: Vivimos un momento complejo, pero también profundamente fértil. La escena fotográfica cubana está vibrante, intensa, como si respirara con más fuerza que nunca. Hay una generación joven que está rompiendo códigos tradicionales y que no teme explorar su identidad, su contexto y sus heridas desde propuestas muy personales. Cuba es un país donde siempre se ha tenido una mirada poderosa, y hoy esa mirada dialoga con lo íntimo, lo conceptual y lo performático. Se percibe una mezcla cada vez más profunda entre la fotografía documental y la fotografía autorreferencial, un espacio donde el país y el cuerpo conviven como escenarios de resistencia, donde ambos revelan lo que duele, lo que transforma y lo que se mantiene vivo. En Cuba la creatividad no se detiene. La carencia, lejos de apagar la chispa, obliga a inventar desde otro lugar, a ser más auténtico, más intuitivo. Esa necesidad también es una fuerza que impulsa nuevas formas de mirar. En mi caso, como fotógrafa, me interesa construir una mirada que dialogue con lo conceptual. Intento ser sincera en lo que hago, permitir que mi trabajo hable desde mi experiencia y que mi mirada contribuya a expresar, de la manera más honesta posible, la realidad de Cuba.

RR: ¿Cuál fue la última exposición que presentaste y qué viene próximamente?
LB: Mi última exposición es una serie que me llena de ilusión, porque está profundamente ligada a la cultura cubana. Aquí, desde que somos niños, empezamos a guardar cosas: juguetes, envolturas de caramelos, piedritas que encontramos en el camino… Objetos que, por alguna razón, nos llaman la atención y que con el tiempo se transforman en pequeñas colecciones. Ese hábito de acumular cosas con la esperanza de que algún día resulten útiles siempre me pareció una gran metáfora de nuestra existencia, no solo en Cuba, sino también en esta época moderna marcada por la desbordada necesidad de acumular y consumir. La serie se titula “Las cosas que nos nombran”. En muchas sociedades actuales, determinadas por el bienestar y el consumo, todo parece existir para satisfacer una necesidad inmediata. En Cuba, en cambio, es distinto. La necesidad de poseer, buscar y recopilar objetos no nace del placer, sino de la exigencia. Debido a las condiciones y limitaciones del país, nuestra idea de “colección” es otra. Los cubanos no somos grandes consumidores, pero sí, podría decirse, expertos en juntar objetos impulsados por la desconfianza y la incertidumbre del mañana. Recopilamos por temor a la escasez. Guardamos tapas, pomos vacíos, zapatos rotos, discos, películas viejas, fotos de desconocidos, llaves sin candados, retazos de tela, ropa antigua, sellos… todo aquello que, a veces, puede parecer absurdo de atesorar. Sin embargo, estas pequeñas cosas nos motivan; las cuidamos año tras año sin saber muy bien para qué, sostenidas solo por el peso del pasado y la urgencia del presente.
Este instinto de acumular con la esperanza de un uso futuro fue lo que despertó en mí la necesidad de crear esta serie de fotografías. Nos aferramos a todo lo que nos hace sentir seguros: nombres, casas, personas, cultura, tradiciones, creencias. Nuestro paso por la vida se ha convertido en un constante acumular para poder ser. Sin ese apego, nos sentimos perdidos. “Somos lo que tenemos”, tristemente, aunque llegamos al mundo felices sin poseer nada. Y quizá estemos ya tan sumergidos en esta forma de vivir que no sepamos, o no podamos, encontrar el camino de regreso.
RR: ¿Qué te gustaría fotografiar de México y cómo ha sido tu relación cultural y de producción artística con este país que te gustaría hacer aún más aquí en México?
Durante años trabajé como fotorreportera para un periódico que circulaba por Yucatán, y esa experiencia estrechó profundamente mi vínculo con la cultura mexicana. Siento que México me ha abrazado, y por eso guardo un lazo muy fuerte con este país tan hermoso y diverso. Me gusta trabajar con elementos que permitan construir metáforas poéticas dentro de la imagen, no desde lo literal, sino desde lo simbólico. México, a diferencia de Cuba, conserva un territorio en el que lo sagrado, lo ritual, lo ancestral y lo íntimo siguen vivos y presentes. Ese vínculo emocional con lo simbólico me conmueve y me inspira. Me interesa fotografiar los encuentros entre la mujer mexicana y la tierra de México: los cuerpos que siembran, los rituales cotidianos, la memoria profunda de sus gestos. Me atraen sus espacios, los colores y las texturas de un país alegre, vibrante, lleno de raíces que laten en lo visible y en lo invisible. Aún más, me encantaría colaborar con artistas mexicanas, crear proyectos colectivos y llevar mi obra a más espacios dentro de México, porque siento que tengo mucho que decir y también mucho que aprender.
Raciel Rivas






