Por Ulises Castellanos
Salí del estreno de La Odisea con la sensación de haber visto no sólo una película, sino una declaración de principios. Christopher Nolan volvió a insistir en lo que ya es una obsesión creativa en su filmografía: llevar la experiencia cinematográfica al límite de lo físico, de lo tangible, de lo que realmente sucede frente a la cámara. Y esta vez lo hizo con una apuesta todavía más radical: filmar la cinta con cámaras IMAX de 70 mm, un formato que no sólo magnifica la imagen, sino que convierte cada plano en una experiencia casi sensorial.
Lo notable no es únicamente la escala, sino la decisión estética y narrativa. Esta es la primera gran película de acción rodada de esa manera, y eso se nota en cada secuencia. Nolan no quiso esconder el peso del viento, del agua, del frío ni del desgaste corporal de sus actores. Todo lo contrario: los expone, los lanza al mundo real y deja que la imagen conserve esa aspereza. En una época en la que buena parte de la industria se refugia en la inteligencia artificial, en el retoque infinito y en la corrección digital, Nolan sigue apostando por lo orgánico. Su cine sigue oliendo a humedad, a acero, a sal y a cansancio verdadero.
Ahí está también la diferencia entre el 70 mm y el 35 mm, o incluso frente al digital más pulcro. El 70 mm IMAX no sólo ofrece más definición; ofrece otra relación con el espacio. La profundidad de campo, la textura de los rostros, la escala de los paisajes y la densidad de la luz tienen un peso distinto. La imagen respira más. En 35 mm, la película conserva nobleza y grano, pero en IMAX la experiencia se vuelve monumental: los cuerpos parecen más vulnerables y los escenarios más inmensos. Nolan entiende que la épica no se construye con exceso de efectos, sino con una fotografía que haga sentir el tamaño del destino.
Y ahí entra Hoyte van Hoytema, uno de los grandes cómplices visuales de la era Nolan. Su historia profesional lo confirma: un fotógrafo convertido en cineasta de la luz, un operador que ha sabido moverse con elegancia entre la precisión técnica y la emoción narrativa. Lo suyo no es sólo componer imágenes bellas, sino encontrar el punto exacto donde la belleza también comunica tensión, peligro y fragilidad. Si alguien debía sostener una película así, era él. No me sorprendería que esta cinta termine peleando fuerte en los Oscar y que la categoría de fotografía sea una de sus grandes victorias.
También hay algo frustrante, y lo digo como espectador mexicano: en este país sigue siendo una pena no poder ver una película concebida así en condiciones plenamente ideales, porque la oferta de salas con 70 mm IMAX es prácticamente inexistente. Esa ausencia le quita una parte esencial a la experiencia. Ver La Odisea en estreno en México sigue siendo valioso, sí, pero queda la espina de no poder acceder al formato para el que fue pensada.
Aun así, la magnitud del fenómeno ya se impuso. La película cerró su primera semana con una recaudación mundial de 264.1 millones de dólares, una cifra que confirma que Nolan no sólo sigue siendo un autor de masas, sino uno de los últimos grandes directores capaces de convertir la fotografía cinematográfica en acontecimiento global.



