Diálogo inesperado con Rineke Dijkstra
Por Raciel Rivas
La playa ha sido, desde los inicios de la fotografía moderna, uno de los escenarios privilegiados para observar el cuerpo. Allí donde termina la tierra y comienza el agua, el cuerpo parece adquirir otra condición: se desnuda, se expone, se recuesta, camina sin rumbo, entra y sale del mar. La playa es un espacio público que, paradójicamente, permite cierta intimidad. En ella el cuerpo parece abandonar por unas horas las reglas que lo organizan en otros lugares.

Las fotografías de Andrea Ibarra parten de esa relación entre cuerpo y paisaje. Las mujeres que captura su lente habitan dos escalas distintas de una misma experiencia: en una, el cuerpo parece perderse en el paisaje; en la otra, el paisaje se convierte en el lugar donde el cuerpo descansa.
La playa modifica nuestra percepción de las dimensiones. Frente al mar, el cuerpo humano parece pequeño, provisional. Una persona que camina hacia el agua puede convertirse rápidamente en una silueta; una huella desaparece con la siguiente ola; una figura tendida sobre la arena parece formar parte de la superficie que la sostiene. La fotografía registra así una tensión entre presencia y desaparición. El cuerpo está ahí, pero el paisaje parece recordarnos constantemente que su presencia es momentánea.

Es posible establecer un diálogo inesperado, pues nadie me lo ha pedido, con Beach Portraits, la conocida serie que la fotógrafa neerlandesa Rineke Dijkstra realizó durante los años noventa en distintas playas de Europa y Estados Unidos. En aquellas fotografías, Dijkstra coloca a sus sujetos frente a la cámara y frente al horizonte. La playa funciona como un espacio casi elemental: cielo, mar, arena y cuerpo. Sus personajes permanecen inmóviles, pero esa inmovilidad está cargada de tensión. El paisaje parece desnudarlos de cualquier contexto y hacer visible algo de su fragilidad.

Pero en las imágenes de la fotógrafa mexicana Andrea Ibarra ocurre algo diferente. Mientras Dijkstra construye el retrato a partir del encuentro entre la persona y la cámara, estas fotografías parecen construirse a partir de la ausencia de ese encuentro. Las figuras no miran. No esperan a la cámara. Están haciendo algo: caminar, entrar al agua, leer, descansar. La fotografía parece haber llegado a ellas en medio de una actividad que no estaba destinada a ser fotografiada.
Y quizá ahí se encuentra una diferencia esencial.
En Dijkstra, el cuerpo parece preguntarnos ¿quién es?. En las fotografías de Andrea Ibarra, en cambio, el cuerpo parece preguntarnos ¿dónde está?
La respuesta no es solamente geográfica. Está en un estado particular: entre la tierra y el agua, entre el movimiento y la quietud, entre la vigilia y el descanso. La playa produce una especie de suspensión temporal. El reloj parece perder importancia. Caminar por la orilla puede no conducir a ninguna parte; leer bajo el sol puede convertirse en una actividad sin urgencia; entrar al mar puede ser simplemente una manera de permanecer en la impermanencia.


La fotografía comparte esa contradicción. Detiene aquello que por naturaleza está destinado a desaparecer. Una ola existe durante unos segundos; una huella, durante unos minutos; un cuerpo en determinada posición, apenas un instante. Fotografiar la playa significa entonces intentar fijar aquello que permanece solamente mientras está cambiando.
Dijkstra entendió que la playa podía convertirse en un escenario donde el cuerpo apareciera suspendido entre identidad y paisaje. Las fotografías de Andrea Ibarra llevan esa posibilidad hacia otro lugar: aquí las personas parecen menos interesadas en ser retratadas que en habitar el espacio. La cámara no captura tanto un retrato como un momento de permanencia.
Tal vez eso sea lo que finalmente nos atrae de estas imágenes: la sensación de haber encontrado a alguien mientras nadie mira. No porque la cámara no esté allí, sino porque el cuerpo parece haber olvidado su presencia. Y durante ese instante, entre una ola y otra, entre una página y otra, la fotografía consigue algo extraño: hacer visible un cuerpo sin arrancarlo completamente de su mundo.




