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Por Ulises Castellanos

Este fin de semana vi Digger en Ciudad de México y salí del cine con una sensación difícil de explicar. No sabía si estaba fascinado, irritado o simplemente abrumado por una película que parece decidida a no dejar a nadie tranquilo. Probablemente salí con las tres cosas al mismo tiempo.

Sigo a Alejandro González Iñárritu desde Amores perros. Incluso antes de que su nombre se convirtiera en una marca internacional, yo ya escuchaba su voz en WFM, durante aquellas mañanas de radio que formaron parte de mi adolescencia. Por eso ver ahora una película suya también tiene algo de viaje personal. Uno reconoce ciertas obsesiones, cierta necesidad de incomodar y ese gusto por llevar las emociones hasta el límite.

La película parte de una idea gigantesca: un magnate petrolero, una crisis ambiental de proporciones descomunales y un país que observa el desastre mientras sus dirigentes intentan conservar el control. Con 180 millones de dólares de presupuesto y Tom Cruise como protagonista, esto podría haber sido una superproducción convencional, llena de efectos especiales, discursos sobre la esperanza y un millonario que descubre el valor de la humildad.

Pero Iñárritu no está interesado en ofrecer una redención sencilla. Tampoco quiere tranquilizarnos. Lo que hace es colocarnos frente a una sociedad dominada por el dinero, el ego y la irresponsabilidad, y dejar que contemplemos las consecuencias.

En Estados Unidos suelen funcionar mejor las historias sobre héroes que sobreviven a una catástrofe que aquellas que preguntan quién la provocó. El público acepta con gusto a un personaje que salva al mundo, pero no siempre quiere ver una película que le recuerde cómo se construyó el desastre. Digger pertenece a esta segunda categoría. No busca que salgamos del cine convencidos de que todo estará bien. Más bien sugiere que quizá el problema es que hemos organizado el mundo para que siga funcionando exactamente como conviene a quienes lo controlan.

La crisis ambiental es el punto de partida, pero no el único tema. La película habla de la degradación moral de un país convencido de que el dinero puede comprar tiempo, silencio, influencia y hasta perdón. El desastre no ocurre solamente porque un hombre poderoso se equivoca. Ocurre porque alrededor de él hay instituciones, políticos y ciudadanos dispuestos a seguir fingiendo que la situación puede resolverse con una conferencia de prensa 

Y, si es posible, con una aplicación que garantice que el pedido llegue el mismo día.

El primer acto puede sentirse lento. Iñárritu se toma su tiempo para presentar a los personajes, colocar las piezas y mostrar las reglas de este universo. En algunos momentos tuve la impresión de que la película se miraba demasiado a sí misma, como si fuera consciente de su ambición y quisiera asegurarse de que nosotros también la notáramos.

Pero algo cambia. De pronto, la historia encuentra su ritmo y ya no lo suelta. Lo que al principio parecía pesado comienza a adquirir una tensión casi hipnótica. Los personajes se vuelven más absurdos, la situación más peligrosa y la película empieza a avanzar con una energía desbordada. Ahí entendí que quizá esa lentitud inicial también era necesaria: había que entrar poco a poco en un mundo que, después, se vuelve completamente delirante.

Tom Cruise está extraordinario. Su actuación no depende únicamente de su presencia física ni del carisma que ha construido durante décadas. Hay algo más complejo en su personaje: arrogancia, miedo, fragilidad y una enorme incapacidad para aceptar que el mundo no le pertenece.

Cruise interpreta a un hombre acostumbrado a controlar cada variable, hasta que descubre que ni el dinero ni la voluntad pueden detener las consecuencias de sus actos. Su personaje es responsable de una maquinaria destructiva, pero también está atrapado dentro de la imagen que construyó de sí mismo. Esa contradicción lo vuelve fascinante.

Sus monólogos tienen algo de sermón, confesión y amenaza empresarial. Es una interpretación que merece ser discutida en la temporada de premios, aunque en Hollywood la taquilla siga funcionando como una especie de tribunal moral. Si la película fracasa comercialmente, muchos dirán que el problema fue Cruise. Lo curioso es que el verdadero problema quizá sea que una película así no ofrece el tipo de placer inmediato que hoy se espera de una superproducción.

Por su ambición, por el retrato de un hombre poderoso consumido por su propio imperio y por la forma en que convierte una tragedia individual en el reflejo de una sociedad completa, Digger puede recordar a El ciudadano Kane. No porque Iñárritu intente imitar a Orson Welles ni porque ambas películas cuenten la misma historia, sino porque las dos miran detrás de la figura monumental del poderoso. En ambas aparece una pregunta que sigue siendo incómoda: qué ocurre cuando una sociedad confunde la grandeza con la acumulación de poder. El ciudadano Kane transformó las posibilidades del cine; Digger, en su propio registro, recuerda que una superproducción todavía puede ser política, ambiciosa y perturbadora.

El reparto secundario está a la altura. Son actores que uno reconoce de inmediato, aunque muchas veces no recuerde sus nombres. Todos parecen llegar desde distintos rincones del cine estadounidense para participar en el mismo incendio.

John Goodman merece una mención especial como presidente de Estados Unidos. Su personaje es una caricatura, pero una de esas caricaturas que dejan de parecer exageradas cuando uno mira las noticias. Tiene algo de Donald Trump en esteroides: populista, narcisista, histriónico y convencido de que cualquier emergencia puede convertirse en espectáculo.

Goodman interpreta a un hombre incapaz de distinguir entre gobernar y actuar para las cámaras. Sus gestos, sus discursos y sus reacciones producen risa, pero también inquietud. Lo más perturbador es que no parece completamente imposible. En la política contemporánea, la realidad lleva años compitiendo con la ficción.

Visualmente, Digger es impresionante. La fotografía de Emmanuel Lubezki convierte cada escenario en una imagen de gran belleza, incluso cuando lo que ocurre dentro del encuadre es moralmente repulsivo. La luz, los colores y la composición están trabajados con enorme precisión. Todo parece demasiado perfecto, como si el poder necesitara que su propia destrucción tuviera una estética impecable.

El presupuesto se nota. A veces quizá demasiado. Hubo momentos en que pensé que de esos 180 millones, una parte considerable se había perdido en reuniones, contratos y oficinas con paredes de vidrio. Esta es, probablemente, una película que podría haberse hecho con menos dinero. Pero incluso así, seguiría siendo una producción cara para una historia tan incómoda y poco interesada en complacer.

Lo cierto es que cada dólar visible está puesto al servicio de una experiencia cinematográfica ambiciosa. Digger exige una pantalla grande. No es una película para tener de fondo mientras uno revisa el teléfono o espera que llegue la cena. Aunque, pensándolo bien, verla distraídos mientras una empresa anuncia su nuevo programa de responsabilidad ambiental sería una experiencia perfectamente coherente con su mensaje.

Uno de los momentos más fuertes ocurre durante el discurso ante el Parlamento Europeo. La escena muestra a los representantes políticos como una multitud de voces agotadas e incapaces de ofrecer una respuesta real. Gritan, protestan, se indignan, pero no consiguen modificar el rumbo de los acontecimientos.

La imagen resulta incómoda porque retrata una forma de impotencia que reconocemos. Muchas palabras, poca voluntad y una emergencia que sigue creciendo mientras todos buscan la manera más elegante de no hacerse responsables.

En una escena de la película, hay un cartel pegado en una cocina, con el mapa de Norteamérica que dice claramente: Golfo de México. Eso hoy, es valentía.

Pero la película no se limita a señalar a los poderosos. También nos mira a nosotros. A una sociedad que condena la corrupción mientras continúa disfrutando las comodidades del sistema que la produce. Queremos que alguien arregle el mundo, pero no queremos que ese arreglo nos obligue a renunciar a nada.

Ahí está, para mí, una de las mayores virtudes de Digger. No presenta a la humanidad como una víctima completamente inocente. Nos muestra como espectadores, consumidores y participantes. Gente que observa, tolera, se adapta y después se sorprende cuando llegan las consecuencias.

El desastre no aparece de repente. Se construye con pequeñas concesiones, indiferencia y comodidad. El mundo se cae a pedazos, pero nosotros seguimos esperando que todo llegue a tiempo, que alguien más resuelva el problema y que la factura nunca nos alcance.

Algunos críticos se han ensañado con la película. No me sorprende. Digger no es discreta, ni amable, ni fácil de consumir. Tampoco tiene la estructura de una película diseñada para gustarle a todo el mundo. En una época llena de secuelas, remakes, franquicias recicladas y productos audiovisuales que parecen fabricados para no incomodar, una obra original puede sentirse casi agresiva.

Y lo es.

Todavía es pronto para saber si la taquilla la convertirá en un fracaso o si el tiempo la transformará en una película de culto. La historia del cine está llena de obras rechazadas en su estreno y reivindicadas años después. También está llena de películas que parecían importantes y terminaron olvidadas. En este caso, prefiero esperar.

Lo que sí puedo decir es que Digger tiene una ambición que no se agota en su lanzamiento. Es una película que seguirá generando discusiones porque no entrega una sola lectura. Puede verse como sátira política, tragedia moral, crítica al capitalismo, pesadilla ambiental o retrato de una sociedad que ha perdido la capacidad de reaccionar. Probablemente es todo eso al mismo tiempo.

Yo la recomiendo. No porque sea perfecta, sino porque se atreve a ser incómoda y extraña. En una industria que con frecuencia parece pedir disculpas por tener personalidad, eso ya es bastante.

Hay que verla en el cine, sin celulares, con la pantalla grande y el sonido encima. Es una película sobre el poder, la destrucción y la indiferencia, pero también sobre nuestra incapacidad para dejar de mirar el espectáculo mientras el edificio se quema.

Y conviene verla antes de que alguien convierta su mensaje en una campaña de responsabilidad ambiental patrocinada por una compañía petrolera.

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