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Marsella, Francia. A finales de agosto, cuando Marsella todavía parece resistirse al final del verano, el calendario internacional del arte contemporáneo encuentra aquí uno de sus primeros movimientos de rentrée. Del 28 al 30 de agosto, la Friche la Belle de Mai volvió a convertirse en el epicentro de Art-o-rama, la feria que este año celebró su vigésima edición y que, después de dos décadas, parece haber encontrado precisamente en su escala una de sus principales virtudes.

No estamos frente a una feria monumental. Y acaso allí radique buena parte de su interés. Mientras las grandes citas internacionales del mercado tienden hacia la espectacularización, la acumulación de nombres y la expansión casi ilimitada de sus pabellones, Art-o-rama mantiene deliberadamente un formato más contenido. En 2026 reunió alrededor de cuarenta galerías procedentes de 18 países y cuatro continentes; 19 participaron por primera vez y más de la mitad de las galerías presentes habían sido creadas durante los últimos cinco años.

El dato no es menor. Art-o-rama funciona menos como confirmación de un canon que como lugar de aparición. Desde su origen, bajo la dirección de Jérôme Pantalacci, la feria ha buscado atraer galerías jóvenes y proyectos que en ocasiones realizan en Marsella su primera incursión dentro del circuito francés o europeo. Pantalacci define, de hecho, esta vocación como parte de la identidad del salón: ser un espacio de descubrimiento.

Ese espíritu parece encontrar en Marsella un territorio particularmente fértil.

La ciudad portuaria, históricamente situada en los márgenes de la centralidad cultural francesa, atraviesa desde hace algunos años una transformación significativa de su ecosistema artístico. Galerías, espacios independientes, residencias, talleres y artistas han encontrado aquí una alternativa frente a la concentración parisina. Art-o-rama no explica por sí sola ese fenómeno, pero sí permite observarlo durante unos cuantos días. Como señaló la prensa especializada durante esta edición, Marsella ha pasado progresivamente de ser considerada una periferia a convertirse en un lugar desde el cual es posible desarrollar proyectos con circulación internacional.

Y es que Art-o-rama no termina en las paredes de la Friche.

Durante el fin de semana, la feria se extendió simbólicamente por diferentes puntos de la ciudad. Espacios independientes, galerías y centros culturales organizaron inauguraciones, exposiciones y encuentros paralelos: desde Belle de Mai hasta Cours Julien, desde La Joliette hasta Malmousque y los barrios del sur. Polyptyque volvió a poner el foco sobre la fotografía contemporánea; Systema reunió estructuras independientes; mientras galerías y espacios como Double V, Nendo, Tchikebe, Fotokino, Le Couvent o Spiaggia Libera participaron de una programación que convirtió a Marsella, durante algunos días, en un mapa artístico disperso.

Esta dispersión resulta particularmente coherente con la ciudad. Marsella difícilmente podría concentrar su escena artística en un único recinto. Su geografía obliga al desplazamiento: subir, bajar, atravesar barrios, tomar autobuses, caminar hacia el mar. La experiencia del arte termina mezclándose con la experiencia urbana.

Dentro de la feria, esa relación con el territorio mediterráneo apareció también en algunas propuestas. La marsellesa Double V Gallery, por ejemplo, presentó obras de Alice Guittard y Thomas Mailaender articuladas alrededor de la circulación, la memoria material y las transformaciones de las superficies. Mailaender trabajó con el imaginario del velero y la navegación, mientras Guittard recurrió al paisaje mediterráneo mediante vitrales realizados en marquetería de mármol. El Mediterráneo aparecía así no simplemente como paisaje, sino como superficie cultural: espacio de ocio, tránsito, memoria y desplazamiento.

Pero quizá uno de los aspectos más relevantes de Art-o-rama sea precisamente aquello que no puede reducirse a las obras expuestas. Su programa de conversaciones, cine y encuentros abordó cuestiones como cambio climático, resistencia anticolonial, geografías queer, igualdad de género y circulación cultural entre ciudades como Marsella y Manila. La feria intenta así conservar una dimensión discursiva dentro de una estructura inevitablemente comercial.

Porque Art-o-rama sigue siendo, naturalmente, una feria. Se compra y se vende arte. Hay coleccionistas, premios, galeristas, artistas y negociaciones. Pero su particularidad reside en intentar que el mercado funcione también como mecanismo de acompañamiento para estructuras emergentes. Los costos relativamente contenidos de participación y los distintos premios de adquisición forman parte de ese modelo. Para muchas galerías jóvenes, Marsella funciona como una plataforma intermedia antes de acceder a circuitos de mayor escala.

Quizá por ello caminar por Art-o-rama produce una sensación distinta a la de las grandes ferias. Hay menos ansiedad por reconocer nombres y más posibilidades de detenerse frente a algo desconocido. El descubrimiento —esa palabra tantas veces desgastada por el mercado del arte— conserva aquí cierta credibilidad.

Veinte años después de su creación -y primera vez para mi en sus pasillos y escenarios- Art-o-rama parece haber encontrado una respuesta interesante: no competir directamente con París, Basilea o Londres, sino construir otra realidad posible. Una realidad vinculada a una ciudad portuaria, mediterránea y periférica; una ciudad acostumbrada históricamente a recibir personas, mercancías e imágenes provenientes de otras geografías.

Tal vez por eso Art-o-rama funciona especialmente bien aquí. Art-o-rama es sensación de movimiento, mucho, y qué placer genera eso. 

Raciel Rivas / Corresponsal en Francia

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