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Por Edmundo Font

Premio Nobel de literatura, monumental poeta y dramaturgo (y relevante artista plástico) Derek Walcott estaría cumpliendo 96 años en este fin de enero. Nacido en la isla de Santa Lucía, en el caribe oriental —donde fui muy feliz como embajador de México— Walcott nos recibió a Veronique mi esposa, y a mi, con un calor más que fraterno, filial. 

La historia de ese encuentro es una de las páginas fundamentales de mis memorias y no solo será un capítulo que rememore el contacto privilegiado con él y con su mujer, Sigrid, si no también el relato de una relacion prodigiosa, familiar, personal y literaria.

Tuvimos proyectos comunes, como el montaje, en nuestra embajada, de una obra de teatro suya en el “Día de Muertos”, asistida por considerable público local, cuerpo diplomático, el primer ministro y la gobernadora general. El escenario se montó en uno de los pocos edificios históricos, remanentes del período francés de la isla, un fuerte colonial con cañones en los patios, sede de nuestras oficinas.  

El magno espectáculo de una versión de “Don Juan Tenorio”, inspirado y trufado del mito en Tirso de Molina en la versión inglesa de Walcott, representó un hito en el archipiélago. La dirigió él mismo, con un rigor extremo —hacía sufrir a sus actores—; y contó con la música especial del compositor de la ópera “Jesucristo Super Star”, Andrew Lloyd Weber, compinche de Derek.

En lo personal, debo reconocer la generosidad del texto que dedicó el Nobel a mi faceta de pintor, además de inaugurarme una exposición dedicada a los paisajes que tanto amaba —al final de su vida volvió a Castries y abandonó su rica vida académica en Nueva York—. Esta mención encierra una deliciosa anécdota. Cuando el poeta supo que yo pintaba, me preguntó si había incursionado en el paisaje, y acto seguido me “instruyó”: pinte usted mi isla, me dijo. Y así lo hice. Adicionalmente, al decirle que aguardaría alquilar un estudio para ello, me ofreció su atelier. Un taller inmenso en el bello bungaló que había adquirido a la orilla del mar, frente a la Martinica, con el dinero que recibió del premio de la academia sueca. 

He tenido la fortuna de tratar de cerca, y de haber tenido en mi casa a dos Nobel de literatura, a Saramago en Roma, y a Garcia Márquez en Bogotá y Barcelona. (y serán otros capítulos de un rico baúl de recuerdos que irán acompañados de registros fotográficos tan atractivos como los de la convivencia con los Walcott). Pasábamos juntos los domingos en su playa preferida “Cas en Bas” a las que nos llevaron desde nuestro primer encuentro. Sigrid, me había pedido que no fuera a llegar al mar con el conductor oficial. Derek era muy sensible con el tema de su gente empleada por los extranjeros. Le contesté que nunca me asistía el chofer durante los fines de semana. De hecho, durante mis años en la India aprendí a conducir con el volante a la derecha que habían impuesto los ingleses. 

Los cumpleaños de Derek eran celebrados con eventos académicos e invitados extranjeros, y concluían con una recepción en la casa de la gobernadora general, representante de la reina de Inglaterra. El día mismo de su aniversario le gustaba embarcarse en un yate y pasarlo con familiares y huéspedes en un hotel frente a los dos volcanes emblemáticos de la isla, los “Pitones”, en lo que fue la villa de la Soufriere, donde nació Josephine, la mujer de Napoleón —aunque los franceses prefieren decir que lo habría hecho en la vecina Martinica—.

En una ocasión, tras el regreso de varias horas de navegación desde el otro extremo de la isla, tuvimos preparada una cena en su honor, en la residencia de la embajada de México en Rodney Bay, y contratado al grupo de música autóctona de metales que Derek prefería. Ese trato privilegiado de amistad hizo que Derek tuviera una brusca pero a la vez cariñosa reacción cuando le anuncié que habían sido trasladado y que finalizaría mi misión diplomática.  

“…a mi edad, usted comprenderá, ya no hago amigos para perderlos”.

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Otro episodio de enorme significado fue tener el honor de que Walcott me propusiera pintar un retrato mío. Esa obra es uno de los momentos más generosos suyos y lo guardo con particular afecto.

Gran parte de la bibliografía de Derek Walcott la tengo dedicada por él. Sobre todo, varias ediciones, en varios idiomas, de su obra cumbre, “OMEROS”, denso volumen de poesía que de alguna manera traslada los sueños de la Odisea, al mundo de la negritud y de nuestro caribe. Sin embargo el tesoro editorial más alto, una miniatura firmada y numerada (V de XX ejemplares), ilustrado por Andrea Tana, de uno de sus más celebrados y emblemáticos poemas. LOVE AFTER LOVE. De ese texto tantas veces traducido hice también una versión que incluyo aquí:

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