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Por Edmundo Font

Primera Parte …

«…Rauschenberg dice que trabaja entre las fronteras del arte y de la vida: esas fronteras, como todo mundo sabe, son movedizas. A veces las fronteras movedizas, como si fuesen arena, se tragan a Rauschenberg.» 

Octavio Paz

¿Es escapismo voltear a ver hacia horizontes creativos en tiempos de barbarie institucional?. “Curarse en salud”, sería la respuesta inmediata que podríamos dar quienes nos atrevemos, por momentos, a tratar de ignorar el paso de una poderosa aplanadora de guerra, causante de dolor, destrucción, saqueo, invasión y muerte, con su absoluto abuso de poder. Hablo de despropósitos mundiales; de medidas unilaterales que considerábamos propias de épocas superadas; de la actualización de totalitarismos que diezmaron a millones durante los conflictos bélicos de los últimos 100 años. 

En estos días pienso mucho en Albert Camus y en lo que reflexionaría, a través del lúcido prisma de su vigente grito filosófico y literario; de la denuncia que haría del despliegue de sinrazones políticas, guiadas por voluntariosas conductas criminales. Asusta presenciar la ausencia de empatía humana, por parte de quienes a través del uso de la fuerza coaccionan y ejecutan políticas devastadoras. Seres trastornados por una conducta supremacista. Me inquieta que ante hechos tan anómalos, los adjetivos condenatorios se vayan quedando cortos. Engarzar calificativos, ante la perversidad,  no es tan eficaz en estos momentos tan infaustos.

Un ejemplo sería tratar de condenar la satrapía utilizando las voces de absurdo, abominable, increíble, desfachatado, monstruoso, engañoso, abusivo, execrable, detestable, repugnante, infame, diabólico, perverso, atroz, cruel, o en una sola palabra, inhumano.

De allí que en estos complejos días retome una vieja crónica sobre uno de los artistas norteamericanos que abrieron caminos al arte contemporáneo y que representa lo más civilizado y creativo de la sociedad norteamericana, como se verá en este diálogo con Robert  Rauschemberg:

“…sabe usted, depararme con el Pompidou, en el Beaubourg parisino, no fue ninguna sorpresa, ni siquiera me aturdió, como a muchos en un primer momento”. 

¿Por qué lo dice? 

–me preguntó el gran artista norteamericano, ya cercano a los ochenta años. 

—Porque al igual que usted, nací y crecí cercano a un paisaje marino contrastado por los intestinos de una refinería de petróleo. 

-No lo había pensado, pero tiene razón. El edificio de Enzo Piano se asemeja más a un proyecto industrial, que a un centro de arte y cultura contemporánea. Tal vez el celebre arquitecto italiano traía en la sangre los sueños del futurismo o acabó inspirándose en las máquinas pintadas por Picabia y Duchamp. 

-No cabe duda de que la estética del paisaje reflejada en los tubos de gas y de vapores de Port Arthur y de Ciudad Madero, prepara a cualquiera en materia de sorpresas arquitectónicas o artísticas, si se quiere; usted ya dijo una vez que en su ciudad -como lo ha sido en la mía- «era muy fácil crecer sin ver una sola pintura».

Ello me explica –le dije a uno de los maestros del arte de vanguardia más célebres del mundo- que usted se haya dado tan bien con restos «recuperables» de basura de las calles de Nueva York. 

-Bueno, la verdad la saben todos y no fue solo por el afán de innovar con materiales; es que no teníamos con qué pintar y cualquier superficie se volvía nuestra «tela blanca». 

—Es fascinante pensar que la necesidad hace al maestro, pero también puede haber habido un impulso rabioso de originalidad. Por ejemplo, la trastada que le hizo usted a De Kooning. 

-Eso fue una inspiración negacionista. Estaba inscrita en las tendencias lúdicas del siglo. Lo podría haber hecho Duchamp. Con modestia, creo que me le adelanté. Fuera de broma, lo que hice al «intervenir», borrando un dibujo de uno de los artistas más prometedores entonces, fue un gesto rabioso de afirmación positivo, un homenaje a la inversa, al creador de esas mujeres furiosas en su iconografía. 

—Pues ya habrá leído usted que subastaron una de sus obras en más de 40 millones de dólares, precisamente «Woman III». Usted tampoco se quedó lejos. En Christies ya rompió todos los récords. Es paradójico. El joven que destruyó un esbozo de un artista consagrado lo iguala en la especulación criminal del mercado del arte. Y déjeme decirle, sin ánimos de adularlo, que su trabajo ha resultado a la larga más influyente para tantos artistas jóvenes, que la obra de De Kooning. 

¿En qué se basa para decirlo? 

Es muy fácil. Usted abrió puertas a otro fresco atrevimiento. Me explico. Para un mexicano, de alguna manera más cerca de ustedes que de los franceses, su tendencia a la «recuperación» de elementos materiales plausibles de incluirse en propuestas de arte nos ha marcado más. Y aquí no podré dejar de personalizar.

–Adelante, me dijo el maestro, sin ocultar cierta resignación. 

—Mire, a mí su mundo me contagió de un deseo profundo de experimentar con toda suerte de materiales; de llegar al collage de una manera más orgánica, tal vez más actual, que los ensayos formales de Picasso con el collage. 

-Quiere usted decir que mi cabra envuelta en una llanta, o mi edredón pintado, le catapultaron para emular mis técnicas combinatorias. 

—De alguna manera sí- 

Explíquese mejor. 

-Mire, no me lo va a creer, pero su obra la conocí tardíamente. De hecho, le confieso que por aspectos absurdos, primitivos, de índole ideológico, viví una época en que negué cualquier importancia o trascendencia del trabajo plástico de los expresionistas abstractos o del Pop Art. 

Seguirá …

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