Si alguien todavía duda que existe un divorcio entre el gobierno estatal y Ciudad Juárez, basta con observar las obras emblemáticas que nos han dejado las últimas administraciones.
Desde la capital diseñan proyectos para la frontera. Los anuncian desde la capital. Los presumen desde la capital. Y los problemas los terminamos viviendo en Juárez.
Ahí está el mejor ejemplo.
La llamada ruta troncal de transporte fue presentada como una solución histórica para la movilidad de la ciudad. Se invirtieron miles de millones de pesos, se cerraron vialidades, se afectó a comerciantes y se prometió una transformación profunda.
Porque una cosa es inaugurar infraestructura y otra muy distinta es construir un sistema eficiente.
El proyecto se convirtió en símbolo de una administración más preocupada por la fotografía de la obra que por su funcionamiento real.
La frontera necesitaba movilidad. La frontera necesitaba un gobernador de tiempo completo.
Recibió uno que parecía estar más cómodo en los campos de golf que recorriendo las calles de Juárez.
Mientras la ciudad exigía soluciones para la movilidad, la seguridad y la infraestructura, desde Palacio abundaban los discursos, las giras mediáticas y las confrontaciones políticas.
Porque trabajar y pelear no son lo mismo. Y durante aquellos años se peleó mucho. Se acusó mucho. Se señaló mucho.
Pero Juárez siguió esperando.
Tal vez el problema fue que mientras los ciudadanos lidiaban con el tráfico, las obras inconclusas y los problemas cotidianos, el gobernador parecía tener siempre asuntos más importantes que atender, o quizá más entretenidos.
Porque gobernar una frontera tan compleja requiere estar presente. Y la sensación que quedó en muchos juarenses fue la de un gobierno ausente.
Uno que hablaba mucho de Juárez, pero que rara vez parecía dispuesto a ensuciarse los zapatos en Juárez.
Y cuando parecía que ya habíamos aprendido la lección, llegó una nueva obra estrella: La Torre Centinela.
Presentada como la solución tecnológica para los problemas de seguridad en la frontera. Un proyecto multimillonario que desde el primer día generó dudas sobre prioridades, costos y resultados.
Porque mientras se anuncian edificios inteligentes, cámaras de última generación y sistemas de vigilancia futuristas, los juarenses siguen enfrentando problemas mucho más importantes.
¿De qué sirve construir monumentos gubernamentales si las necesidades básicas siguen esperando?
Lo más preocupante es que ambas obras tienen algo en común. Ninguna nació escuchando a los juarenses. Nacieron desde los escritorios de la capital.
Desde la visión de quienes ven a Juárez como una estadística, no como una ciudad viva. Por eso los gobiernos estatales siguen tropezando con la misma piedra.
Confunden inversión con resultados. Confunden anuncios con soluciones. Confunden presencia mediática con bienestar ciudadano.
Y mientras tanto, el divorcio entre Chihuahua y Juárez se profundiza, porque la frontera sostiene buena parte de la economía chihuahuense.
Pero cuando llega el momento de definir prioridades, la sensación sigue siendo la misma, Juárez espera.
Y Juárez observa cómo las grandes decisiones sobre su futuro continúan tomándose lejos de sus calles y lejos de su gente.
Quizá por eso existe tanto desencanto. No solo porque falten proyectos, sino porque abundan las obras pensadas para los informes de gobierno y escasean las soluciones pensadas para los juarenses.
Y mientras esa lógica no cambie, el divorcio entre el estado y Juárez seguirá creciendo.



