El Estrecho de Ormuz vuelve a ocupar el centro de la atención internacional ante el aumento de tensiones militares en una de las rutas marítimas más estratégicas del planeta. Este paso estrecho —de apenas 34 kilómetros en su punto más angosto— conecta el Golfo Pérsico con el mar de Omán y el océano Índico, convirtiéndose en una arteria vital para el comercio mundial de energía. Por allí circula cerca del 20 % del petróleo que se consume cada día en el planeta, principalmente desde Arabia Saudita, Kuwait, Bahréin, Qatar y los Emiratos Árabes Unidos.
La vulnerabilidad del estrecho es bien conocida: todos los buques que transportan crudo deben navegar junto a la costa iraní, lo que da a Teherán una posición privilegiada para ejercer presión o responder ante sanciones y conflictos regionales. Cada vez que aumentan las tensiones entre Irán y Estados Unidos —o entre Teherán e Israel— el fantasma de un bloqueo o ataque en la zona provoca saltos inmediatos en los precios del petróleo y genera alarma en los mercados globales.
En los últimos meses, los incidentes con embarcaciones comerciales, el hostigamiento de patrullas navales y los ataques con drones en aguas cercanas han encendido de nuevo las alertas internacionales. Washington ha reforzado su presencia militar, mientras que Irán insiste en que la seguridad del Golfo “solo puede garantizarse por los países ribereños”, sin injerencia extranjera.
Para los analistas, el Estrecho de Ormuz no solo es un punto geográfico: es un termómetro político del Medio Oriente. Cualquier alteración en su seguridad repercute de inmediato en la economía mundial, en la estabilidad de los precios energéticos y en el equilibrio de poder de la región.



