Por Ulises Castellanos
Veintiséis años después de jurar que sacaría al PRI “a patadas” de Los Pinos, Vicente Fox cruzó el umbral de la sede nacional del tricolor no como vencedor, sino como peregrino de la conveniencia. La foto del 4 de septiembre de 2026 —sonrisas, salón Presidentes, corbata roja y discurso de “coincidencias”— es el epílogo perfecto de una traición largamente cocinada: la del hombre que construyó su leyenda sobre el anti-priismo y ahora negocia su relevancia política en el altar del mismo partido al que llamó nido de “víboras prietas” y “tepocatas”.
La foto que lo dice todo
La imagen es casi un chiste: Fox, el mismo que en 2000 capitalizó el hartazgo contra siete décadas de priismo, posando junto a Alejandro “Alito” Moreno, el rostro contemporáneo de un PRI que sobrevive más por inercia que por convicción. No hay tensión, no hay reclamo histórico, no hay memoria. Solo dos actores del mismo reparto, ensayando un nuevo acto: la “unidad opositora” contra Morena. La escena, cuidadosamente coreografiada en el Salón Presidentes —donde cuelgan los retratos de los dirigentes históricos del PRI—, funciona como una metáfora de la amnesia selectiva: aquí no hubo derrota, aquí no hubo ruptura, aquí solo hay “diálogo serio sobre el futuro del país”. La imagen lo confirma, el PRIAN existe.
Del “fuera priistas” al “ponemos a México por delante”
El guion oficial es impecable: Fox acudió con su organización civil Alma de México; hablaron de democracia, libertades, contrapesos y participación ciudadana. Nada de alianzas electorales, insisten. Pero el subtexto es otro: a un año de las elecciones de 2027, la oposición fragmentada busca costuras donde pueda. Y qué mejor costura que la que une al hombre que derrotó al PRI con el hombre que hoy lo dirige.
El problema no es la pragmática política —todos la practican—, sino la monumental falta de vergüenza histórica. En 2000, Fox no ganó por “coincidencias” con el PRI; ganó contra el PRI. Su discurso estaba tejido de ruptura, de fin de una era, de promesa de limpiar “víboras prietas”. Hoy, ese mismo hombre pisa la sede del tricolor para hablar de “poner a México por delante”, como si los priistas de ayer y los de hoy fueran entes abstractos, desprovistos de historia, de corrupción, de autoritarismo.
La traición a los votantes del 2000
Para quienes votaron por Fox en 2000, esta foto duele doble: primero, porque confirma que el “cambio” fue más estético que estructural; segundo, porque revela que el anti-priismo fue solo una estrategia de campaña, no un principio. Los millones que creyeron en la promesa de un México sin priismo ven ahora a su ícono negociando con el mismo sistema que juró erradicar.
No es solo Fox quien traiciona; es todo un proyecto político que se vació de contenido. El PAN, que nació como alternativa moral al PRI, hoy se desdibuja en alianzas locales y nacionales con el tricolor. Fox, que fue el rostro de esa alternativa, ahora es el mensajero de la “unidad opositora”, un eufemismo para decir: “olvidemos lo que nos separó, hay votos que sumar”.
El PRI, de villano a socio
El PRI, por su parte, completa su metamorfosis: de ser el enemigo público número uno a convertirse en el socio necesario. Alito Moreno, hábil operador, entiende que la foto con Fox no es un acto de humildad histórica, sino un movimiento de ajedrez: si el hombre que sacó al PRI del poder ahora se sienta en su mesa, entonces el PRI ya no es el villano, es el anfitrión.
La ironía es brutal: Fox, que en 2000 prometió acabar con la “cultura priista”, ahora valida al PRI como interlocutor legítimo. Y lo hace, además, con un discurso genérico sobre “democracia” que podría pronunciar cualquier político en cualquier país, en cualquier época. No hay autocrítica, no hay reconocimiento de que su propio gobierno estuvo lejos de ser el paradigma de transparencia que prometió. Solo hay una foto, un apretón de manos y un comunicado que huele a pacto de conveniencia.
El sarcasmo de la historia
La historia, que suele tener sentido del humor, se encarga de recordar los detalles: Fox, el hombre que llamó “tepocatas” a los priistas, ahora es recibido con honores en su sede. Fox, el que prometió limpiar la casa, ahora negocia en el salón donde cuelgan los retratos de los viejos dirigentes priistas. Fox, el que capitalizó el anti-priismo, ahora lo instrumentaliza para construir una oposición que, en el fondo, es más de lo mismo: élites negociando espacios de poder.
Recuerdo perfecto aquel 2 de Julio del año 2000, cuando en el cierre editorial de Proceso, el fotoperiodista Pepe Jiménez llegó a nuestra redacción aquella madrugada con la foto de portada, un ataúd del PRI, cargado por miles de mexicanos en el Ángel, celebrando el triunfo de Fox y el inicio de la alternancia en nuestro país. Aquella noche la portada de la revista solo llevaba una cabeza: Y ahora qué.
Pero la imagen de este mes, no es solo cinismo; es la confirmación de que en la política mexicana los principios son temporales, las traiciones son cíclicas y las fotos valen más que los discursos. La foto del 4 de septiembre de 2026 no es un acto de reconciliación histórica; es la certificación de que el anti-priismo fue, siempre, un disfraz.
Epílogo: la corbata roja
Fox llevó corbata roja ese día. No es un detalle menor: el rojo es el color del PRI. Quizás fue un guiño, quizás una casualidad, quizás un acto de sincronicidad histórica. Lo cierto es que la imagen lo resume todo: el hombre que llegó con el cambio ahora viste los colores del sistema que juró derrotar. Y en ese gesto, consciente o no, está la síntesis de su legado: no el fin del priismo, sino su normalización.
Para los votantes del 2000, la lección es clara: en México, las traiciones no se olvidan; se fotografían.




