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El cuerpo que girael tiempo que se desvanece.

Por Raciel Rivas

Hay algo en las fotografías de María Ángeles Chávez  que parece suceder en un instante suspendido entre el abrazo y la desaparición. Los cuerpos no se presentan como superficies completamente accesibles: el tul los envuelve, los multiplica y los vuelve parcialmente invisibles. La tela funciona como una segunda piel, pero también como un velo que introduce una distancia entre el cuerpo y quien mira. Esta relación entre cuerpo, tejido y movimiento me recuerda a un antecedente extraordinario en Loïe Fuller, la bailarina estadounidense que llegó a París en 1892 y revolucionó las Folies-Bergère con su Danse serpentine. Fuller utilizaba enormes vestidos de seda manipulados mediante varillas y proyectores de luz eléctrica para convertir su cuerpo en formas cambiantes: flores, llamas, mariposas o nubes. El acontecimiento consistía precisamente en que el cuerpo dejaba de ser enteramente visible para transformarse en movimiento inasible para los ojos. 

Las fotografías de María Ángeles Chávez parecen recoger aquella intuición de Fuller y trasladarla al territorio de la intimidad. Si Fuller hacía desaparecer a la mujer detrás de una arquitectura de seda y luz, aquí el tul produce una desaparición más silenciosa: no borra el cuerpo, lo vuelve incierto. En este sentido, la obra puede ponerse en diálogo con Deborah Turbeville, cuya fotografía de moda se alejó de la nitidez y perfección propias de la imagen publicitaria para construir cuerpos frágiles, desplazados, borrosos y casi espectrales. En ambas artistas, la mujer no aparece simplemente como objeto de contemplación; aparece como una imagen que está a punto de perderse. El desenfoque, la transparencia y el movimiento convierten la fotografía en una especie de memoria de algo que acaba de suceder. La cámara no captura exactamente el cuerpo: captura su huella, su tránsito, aquello que queda cuando el cuerpo ya ha comenzado a desaparecer.

El cuerpo en movimiento de María Ángeles Chávez me lleva, (te puede llevar a ti a otro lugar) a los waltzes de Chopin. Dicen por ahí algunos textos físicos y digitales, que el waltz comenzó como una danza polémica por la proximidad de los cuerpos, lo olvidamos quizás por la proximidad actual del perreo. Pero más allá de la polémica decimonónica que ni tus padres ni tus abuelos seguro vivieron por su lejanía en el tiempo, la singularidad de esa proximidad era que estaba unida a la disciplina del ritmo: ¡acercarse, girar, separarse y volver a encontrarse! 

Chopin llevó el vals del salón al piano y transformó una música destinada al cuerpo en una experiencia esencialmente interior. Así, en estas fotografías puede imaginarse una suerte devals detenido: dos cuerpos que parecen bailar incluso cuando permanecen inmóviles, unidos por una coreografía invisible. El tul ocupa entonces el lugar de la música: gira alrededor de los cuerpos, los aproxima y los separa, y convierte el erotismo en una cuestión de distancia. Como en un vals de Chopin, lo verdaderamente erótico no está necesariamente en el contacto, sino en ese instante anterior o posterior al contacto, cuando el cuerpo todavía conserva algo de misterio.

María Ángeles Chávez no revela el cuerpo, revela el misterio; misterio que a su vez no ha dejado revelarse. Sus fotografías son arco en tensión, seducción a la mirada que desaparece al parpadeo, para aparecer de nuevo en otro movimiento, en otro tiempo que a su vez se desvanece: sigilosa transición.

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