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Estados Unidos e Israel mantienen una ofensiva militar a gran escala contra Irán, que ya provocó la muerte del líder supremo Ali Jamenei y conmociona a todo Medio Oriente. La operación conjunta, iniciada el 28 de febrero, ha golpeado cientos de objetivos militares y políticos en Teherán, Isfahán, Qom y otras ciudades clave, en una campaña que Washington y Tel Aviv presentan como un intento de “eliminar la amenaza” del régimen iraní y forzar un cambio de gobierno.

Teherán respondió con misiles y drones contra bases estadounidenses en Irak y posiciones israelíes, mientras sus aliados —como Hezbollah y milicias proiraníes en la región— multiplican ataques para abrir nuevos frentes, elevando el riesgo de una guerra regional abierta. En paralelo, se instaló en Irán un consejo de liderazgo provisional que acusa a Washington y a Israel de buscar la fragmentación del país y llama a la población a resistir, en un contexto de apagones de internet, protestas internas y fuerte represión.

El conflicto ya impacta la economía mundial: los mercados energéticos incorporan una “prima de guerra” ante la posibilidad de interrupciones en el Estrecho de Ormuz, ruta por donde transita buena parte del petróleo global. Analistas advierten que cualquier escalada —sea un bloqueo parcial, ataques a infraestructura petrolera o un choque directo entre Irán y los países del Golfo— podría disparar aún más los precios y empujar a la economía internacional a un nuevo ciclo de inestabilidad.

Mientras tanto, el Consejo de Seguridad de la ONU discute de urgencia la crisis y varias capitales europeas llaman a un alto al fuego inmediato, aunque sin lograr frenar por ahora la lógica bélica impuesta por Washington, Tel Aviv y Teherán. La pregunta que se abre en este nuevo capítulo de la guerra es si aún es posible contener el incendio dentro de las fronteras iraníes o si el conflicto terminará reconfigurando, una vez más, el mapa político y de seguridad de todo Medio Oriente.

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