Por Raciel Rivas
Acto 1. Imaginemos un mundo donde viajar es posible sin un libro en la mano que nos acompañe. Sí, sin tu libro de bolsillo preferido. Pues ese mundo existió hasta antes de la llegada del libro de bolsillo, que según fuentes de la matrix, nos remontan hasta 1935, cuando Sir Allen Lane, entonces director de The Bodley Head, frustrado porque no podía hallar algo para leer en la estación de tren -luego de visitar a su amiga Agata Christie- decidió crear Penguin books y lanzar al mercado, ya con su propia y nueva editorial, los primeros libros de bolsillo, entre ellos, los de su amiga recién visitada.

Acto 2. Imaginemos un mundo donde los libros no tienen portada. Sí, ese libro que tanto ostentas en tu pequeña o grande biblioteca por la fotografía que te acercó a adquirirlo, o por el imaginario del artista que te envolvió hasta decidir comprarlo y llevarlo a tu casa. Pues ese mundo existió también, pues hasta antes de la aparición de The yellow book en 1894 de Aubrey Beardsley, los libros estaban envueltos en piel de animal o tela de lino. Si bien contenían en las primeras páginas creatividad tipográfica, las portadas de libros como las conocemos hoy, existen a partir de la revolucionaria publicación de Aubrey Beardsley, sumada a otra revolución, que el filósofo alemán Walter Benjamin nos develó: la reproducibilidad técnica.
¿A qué viene este cruce de caminos? A que justo he conocido -y no hace poco, pero esa es otra historia- a la persona que se sitúa día a día en su oficina en el punto preciso de la encrucijada entre estas dos revoluciones, a saber, Penguin Random House (otrora penguin books) y el arte de de las portadas de los libros de bolsillo. Hablo de Scarlette Perea Medina, diseñadora de dicha editorial quien lleva tras de sí una larga fila de libros diseñados que muy probablemente pueden estar en el estante de tu biblioteca, o incluso en tu regazo (así lo desearía) mientras terminas de leer esta improvisada nota, pero meticulosa entrevista.



RR.- Scarlette, un libro puede comenzar a ser leído incluso antes de abrir sus páginas. Desde tu experiencia como diseñadora editorial, ¿qué significa para ti enfrentarte a una obra y encontrar la imagen que será su primerapuerta de entrada para el lector?
SP- Es curiosa la pregunta que me haces, porque justo hace poco tiempo tuve un círculo de lectura con algunos de mis colegas de diseño y tornamos la conversación alrededor del libro de The clothing of books de Jhumpa Lahiri.
Para mi es una gran responsabilidad tener que crear una cara o una identidad a una obra que no es mía, que funcione y que todos de alguna manera queden contentos o satisfechos con la imagen, porque justo como dices es la introducción al libro, es la puerta o la ventana que abres e incluso aquí es donde comienza la lectura.
RR.- Diseñar una portada implica traducir palabras, atmósferas, personajes, ideas y emociones a un lenguaje visual. ¿Cómo es ese proceso de interpretación? ¿En qué momento sientes que una imagen ha logrado realmente dialogar con el universo de un libro?
SP.- Es un proceso complejo y he comprendido en mi experiencia que cuando el autor confía, surge una metamorfosis editorial. El proceso individual y personal se vuelve colaborativo. Participamos muchas personas y cada una de ellas dejamos huella.
En el caso del diseño de cubiertas, me gusta que siempre exista una comunicación cercana entre el editor(a) – autor(a) – diseñador(a) y/o artista o ilustrador(a) porque nos escuchamos todos y para mi es más fácil tomar decisiones de diseño desde un inicio.
Pueden surgir una infinidad de propuestas o pocas veces pero si me ha pasado que la primera es la ideal. Para mi hay dos momentos “finales” donde yo sé que el camino es ese y es cuando presento las primeras propuestas. Yo me convierto en espectadora, en lectora y me cuestiono si, ¿yo la compraría?, ¿me detendría unos segundos o minutos a verla? ¿si la tomaría y hojearía el libro?, ¿en verdad esta cara representa la lectura? ¡Se entiende? ¿Mi interpretación será la más acertada?. Y el otro momento “final” es cuando todas las partes de involucran y el último sí lo da el autor(a).



RR.- Muchas veces hablamos del diseño editorial como una labor técnica, cuando detrás de una portada existe también una mirada artística y una toma de postura. ¿Te consideras una artista dentro de tu oficio? ¿Qué lugar ocupa tu propia sensibilidad en el proceso de diseñar para otros autores?
SP.-Definitivamente no me considero una artista, la función de un diseñador(a) en este caso editorial es resolver problemas de comunicación y lectura. Nos volvemos intérpretes y sintetizadores del contenido.
Claro que me he identificado y sensibilizado con algunas obras. Como te decía anteriormente queramos o no dejamos parte de nosotros, de nuestro estilo, personalidad, experiencia y aprendizaje de vida e incluso de época y espacio a la hora de diseñar. Y se vuelve sensible porque de alguna manera el libro también es nuestro, la portada es nuestra pero es la cara del autor(a).
RR- Hay portadas que terminan formando parte de nuestra memoria incluso sin haber leído todavía el libro: se convierten en imágenes que reconocemos, que asociamos con una época o con una generación. ¿Qué responsabilidad —o qué libertad— implica para ti crear imágenes que pueden acompañar la vida de un libro durante muchos años?
SP.- Pfff, es una gran pegunta, porque si reflexiono mucho sobre el trabajo creativo que realizo, la responsabilidad que conlleva y si en verdad funcionará, pero también nuestro trabajo como diseñadores es muy importante en el proceso editorial y muchas veces es infravalorado.
Como dice Jhumpa Lahiri, «¿Cuál es la cubierta perfecta?, no existe.»
Las cubiertas de los libros están vivas y todo lo que vive, muere. Son rostros que pueden ser manipulados, que pueden tener muchas identidades, también envejecen y vuelven a renacer. Un libro puede tener muchas caras o máscaras. Pienso que la decisión de que viva o muera una cubierta no depende de nadie en concreto si no de las circunstancias.
No hay una respuesta concisa para esta pregunta, porque hablamos de muchas interpretaciones a nivel geográfico, de época: cuando se hizo la obra, el contexto de la propia obra y cuando es leído, de circunstancias entre el diseñador, el lector, el autor, para quién va a ser dirigido y el objetivo de la publicación. Lo que si es un hecho es que la astucia juega un papel muy valioso e importante en mi proceso, tengo que buscar la manera de que el lector(a) abra esa puerta o ventana y la llave la encuentre al final de la lectura de esa cubierta.
RR.- Trabajar dentro de una editorial como Penguin Random House significa encontrarse con autores, géneros, épocas y universos muy distintos. ¿Cómo ha transformado esa diversidad tu propia mirada y tu manera de entender el diseño, la literatura y la cultura visual?
Te puedo decir que amo con locura mi trabajo. Estoy muy agradecida con lo que he aprendido, con todas las personas que me he relacionado y conocido. La gran oportunidad que he tenido de compartir experiencias y materiales maravillosos, íntimos, históricos y personales para diseñar la mejor cara que se le pueda dar en su momento a ese libro y lo más importante que me den la confianza para yo ser parte de su obra y darle rostro a su creación.
RR.- Finalmente, ¿qué has aprendido de los libros que has diseñado y de los autores con los que has trabajado que difícilmente habrías aprendido de otra manera? Y, mirando hacia el futuro, ¿qué te gustaría seguir explorando a través del diseño editorial?
Te mentiría si te digo que todas las cubiertas que he diseñado me encantan porque cada libro es único, todos tienen su propio ADN aunque sea una reedición o adaptación a otro formato y sobre el proceso se van convirtiendo en monstruos, de ahí la palabra Frankie de Frankenstein, aunque también tienen su lado de aprendizaje. Con la gran mayoría de libros aprendo algo nuevo porque se vuelve un proceso particular, claro hay unos libros más complejos que otros y lo mejor es cuando puede existir un triángulo de comunicación entre el autor-diseñador y editor.
Me preocupa como a muchos de mis colegas del ámbito creativo, el uso desmedido de la IA y solo me gustaría saberme tranquila que en un futuro el trabajo humano siga siendo superior ante las máquinas artificiales.




