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Por Ulises Castellanos

El 11 de septiembre de 2001 no empezó para mí con imágenes en vivo ni con gritos en la calle. Empezó con un rumor digital, con esa duda que hoy nos parece ingenua: ¿y si esto es falso? Estaba en París, en la oficina de Jorge Volpi, cuando alguien mencionó que un avión había chocado contra una de las Torres Gemelas. Lo leímos en internet, entre correos y medios aún primitivos. Ninguno podía creerlo. En ese instante, Volpi y yo intercambiamos una mirada cómplice y pesimista: pensamos que estábamos ante la primera fake news del mundo, un bulo global antes de que el término existiera.

Bajamos a un bar francés cercano, de esos con televisiones colgadas en lo alto, eran las 14:46 del mismo día y allí la ficción se quebró. Las imágenes eran reales. El humo, el fuego, la segunda torre siendo impactada. El mundo, de pronto, tenía una nueva fecha de parteaguas. Salimos del bar con la certeza de que nada sería igual.

Días después, cuando volé a México, la revista Proceso me envió a Nueva York. Llegar a Manhattan en ese septiembre fue cruzar una frontera invisible. Las calles olían a algo que no tenía nombre: una mezcla espeluznante de polvo, metal quemado y miedo contenido. Caminar hacia la Zona Cero era adentrarse en un paisaje apocalíptico. Ver destruidas las torres, esos símbolos de una era, era presenciar el fin de una ilusión de invulnerabilidad. Yo las conocí en persona en 1992.

No había redes sociales. La información no circulaba en tiempo real desde los teléfonos. La gente salía a la calle con camaritas digitales, con rollos de 35 milímetros, con la urgencia de documentar lo imposible. Yo mismo traía cámaras analógicas de rollo. El caos no era solo visual; era sensorial, emocional. En los días siguientes, fotografiar en la Zona Cero fue una experiencia que me marcó para siempre. Sin duda, fue el hecho más trágico que he capturado en mi vida. Cada rostro, cada escombro, cada silencio pesaba más que cualquier otra imagen que hubiera tomado antes.

De Nueva York partí hacia Medio Oriente. Esa es otra historia, con sus propios fantasmas y aprendizajes. Pero el 11-S quedó como el antes y el después de mi manera de ver el periodismo, la fotografía y la condición humana.

Hay un detalle personal que me sostiene cuando pienso en aquellos días: mi hijo Pablo no había nacido. En medio del horror, esa fue la única esperanza de mi optimismo en el futuro. Pablo nació en Julio de 2002, justo nueve meses después de mi regreso a México. 

Veinticinco años después, mientras el mundo conmemora con vigas recuperadas, ceremonias en el Pentágono y tributos en Manhattan, yo recuerdo París, el bar francés, el olor de Manhattan y la certeza de que, incluso en la tragedia, la vida insiste en abrirse paso.

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